PARTE 1
Las sirenas iluminaban el túnel abandonado.
La mujer abrazó a su hijo detrás de unas tuberías oxidadas.
El niño temblaba.
El agua caía del techo.
Cada sonido parecía una sentencia de muerte.
—¡Divídanse! ¡No puede haber llegado muy lejos!
La voz de un oficial resonó por todo el túnel.
La mujer cerró los ojos.
Hace apenas dos horas estaba limpiando una comisaría.
Entonces encontró un cuaderno olvidado sobre un escritorio.

No debía verlo.
Pero lo abrió.
Y encontró fotografías.
Nombres.
Direcciones.
Niños.
Entre ellos…
Su propio hijo.
Huyó inmediatamente.
Ahora toda la ciudad creía que había secuestrado al niño.
Las luces de las linternas se acercaban.
Más cerca.

Más cerca.
Entonces el pequeño sacó algo de su bolsillo.
Un cuaderno negro.
La mujer lo reconoció al instante.
Era el mismo cuaderno.
Pero había una hoja doblada dentro.
El niño la abrió.
Y susurró:
—Mamá… este hombre estuvo en mi cumpleaños.
La mujer miró la fotografía.
Y sintió que la sangre desaparecía de su rostro.
Porque el hombre sonriendo junto a su hijo era el jefe de detectives.
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PARTE 2
La mujer apenas podía respirar.
Tomó la fotografía.
La observó una y otra vez.
No había duda.
Era él.
El jefe de detectives.
El hombre que aparecía en todos los documentos.
Entonces vio algo más.
En el reverso de la foto había coordenadas escritas a mano.
El niño señaló.
—Él me dijo que era un lugar secreto.
La mujer reconoció el sitio.
Un almacén abandonado en las afueras.
El mismo lugar relacionado con varias desapariciones.
Las linternas ya estaban a pocos metros.
Entonces una voz susurró desde la oscuridad:
—Si encontraron esa fotografía… ya saben demasiado.
La mujer se giró.
Pensando que era el final.
Pero el hombre que apareció llevaba uniforme policial.
Y también estaba huyendo.
