PARTE 1
Las puertas del salón se cerraron.
Todos giraron la cabeza.
La ceremonia estaba a punto de comenzar.
La novia avanzó lentamente hacia el altar.
Entonces se detuvo.
Completamente.
El salón quedó en silencio.
El novio parecía confundido.
Los invitados intercambiaron miradas.
La novia observaba fijamente al padrino.

No al novio.
Al padrino.
Un hombre elegante.
Respetado.
Sonriente.
Entonces señaló su muñeca.
—¿Dónde consiguió ese reloj?
Algunas personas rieron.
Pensaron que era una broma.
Pero la novia no sonreía.
El hombre bajó la vista.
Y su expresión cambió.

Porque el reloj era antiguo.
Muy antiguo.
Y pertenecía a alguien que había desaparecido veinte años atrás.
La novia dio un paso adelante.
Y susurró:
—Mi padre tenía uno exactamente igual.
El padrino palideció.
Porque el padre de la novia era precisamente la persona desaparecida.
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PARTE 2
La música se detuvo.
Nadie se movió.
El padrino observó el reloj.
Sus manos comenzaron a temblar.
Entonces la novia sacó una pequeña llave dorada.
—Mi padre me dijo que algún día usted la reconocería.
El hombre retrocedió.
Visiblemente asustado.
Porque la llave abría una caja de seguridad que llevaba décadas cerrada.
La novia colocó la llave sobre el altar.
Luego sacó una carta.
Sellada.
Nunca abierta.
El padrino reconoció la firma de inmediato.
Y sintió que las piernas le fallaban.
Porque la carta había sido escrita por el hombre que todos creían muerto.
Y estaba dirigida exactamente a él.
