PARTE 2: LA CAMPEONA HUMILLÓ A LA EMPLEADA DE LIMPIEZA EN EL CAMPO DE TIRO… HASTA QUE VIO SU VERDADERO APELLIDO

PARTE 1

Un disparo resonó por todo el campo de tiro.

Los espectadores aplaudieron.

Las cámaras grababan.

La campeona regional acababa de conseguir otro disparo perfecto.

Todos gritaban su nombre.

Todos menos una persona.

Al fondo del campo, una joven empleada barría tranquilamente los casquillos del suelo.

Ni siquiera levantó la vista.

Eso molestó a Verónica.

La campeona.

La favorita de todos.

La mujer que estaba acostumbrada a recibir atención.

—¿Ni siquiera vas a mirar? —preguntó en voz alta.

La joven siguió trabajando.

Los espectadores rieron.

Verónica caminó hacia ella.

Le dio una patada al recogedor.

Los casquillos salieron volando.

Más risas.

Pero la empleada simplemente se agachó y siguió recogiendo.

Aquello enfureció aún más a Verónica.

Horas después, frente a periodistas y patrocinadores, decidió convertirla en espectáculo.

Tomó una pistola de competición.

La levantó.

Y señaló una diana al fondo.

—Si logras tocar el centro, te doy cien dólares.

La multitud estalló en carcajadas.

Alguien comenzó a grabar.

La joven levantó la mirada.

Por primera vez.

Y algo cambió.

El silencio comenzó a extenderse.

Tomó la pistola.

La revisó.

Como si ya la conociera.

Los espectadores dejaron de reír.

Verónica comenzó a sentirse incómoda.

Entonces la joven apuntó.

Un disparo.

¡BANG!

La diana regresó.

Silencio absoluto.

El centro había desaparecido.

La bala había atravesado exactamente el mismo agujero.

Los periodistas quedaron congelados.

Verónica perdió la sonrisa.

—¿Quién eres?

La joven guardó silencio.

Entonces un anciano entrenador dejó caer su café.

—No puede ser…

Todos lo miraron.

El hombre estaba temblando.

—Tiene los ojos de Alejandro Rivas…

El legendario campeón desaparecido hace veinte años.

La joven bajó lentamente la pistola.

Y respondió:

—Era mi padre.

La multitud dejó de respirar.

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PARTE 2

El silencio era total.

Los periodistas dejaron de grabar.

Nadie podía creerlo.

Alejandro Rivas había sido una leyenda.

Un campeón nacional.

El mejor tirador que la región había visto.

Pero desapareció misteriosamente.

Sin explicaciones.

Sin despedidas.

La joven sacó una fotografía antigua.

Su padre aparecía sosteniendo exactamente la misma medalla que ella llevaba bajo el uniforme.

El anciano entrenador comenzó a llorar.

—Todos creíamos que había muerto.

La joven negó.

—No.

Los espectadores escuchaban cada palabra.

—Lo obligaron a desaparecer.

Los patrocinadores comenzaron a murmurar.

Verónica observaba inmóvil.

Por primera vez en años ya no era el centro de atención.

Entonces la joven mostró un sobre.

Sellado.

Intacto.

—Mi padre me pidió que lo entregara hoy.

Los directivos del club palidecieron.

Porque reconocieron inmediatamente el sello.

Y comprendieron que el verdadero escándalo apenas estaba comenzando.

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