PARTE 2: LA NIÑA LE OFRECIÓ UN PEDAZO DE PAN… Y EL JUEZ RECONOCIÓ SU VOZ

PARTE 1

Las calles estaban casi vacías aquella tarde.

Un hombre mayor, con la ropa desgastada, permanecía sentado junto a un viejo muro de piedra.

La mayoría de las personas pasaban de largo sin mirarlo.

Entonces…

Una pequeña niña se detuvo frente a él.

Sacó un pequeño trozo de pan de su mochila.

Lo sostuvo con ambas manos.

—Mi mamá dice que nadie debería comer solo.

El hombre levantó lentamente la cabeza.

Sonrió con tristeza.

—Gracias, pequeña…

¿Cómo te llamas?

—Valeria.

—Es un nombre muy bonito.

La niña lo observó unos segundos.

—¿Usted es el señor Eduardo?

El hombre quedó inmóvil.

—¿Quién te dijo mi nombre?

La niña respondió con calma.

—Mi abuelo.

Dijo que algún día lo encontraría aquí.

El hombre sintió un escalofrío.

—¿Quién es tu abuelo?

La niña abrió cuidadosamente un pequeño sobre.

—Primero debo darle esto.

Dentro había una fotografía antigua.

El hombre perdió completamente la sonrisa.

Porque reconoció inmediatamente el rostro que aparecía en ella.

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PARTE 2

El hombre tomó la fotografía con cuidado.

Sus manos comenzaron a temblar.

—¿Dónde la encontraste?

Valeria respondió.

—Mi abuelo la guardó durante muchos años.

El hombre respiró profundamente.

—Pensé que nunca volvería a verla.

La niña sonrió.

—Él dijo que usted diría exactamente eso.

Después abrió su mochila.

Sacó una pequeña caja de madera.

—También dijo que solo debía entregársela cuando reconociera la fotografía sin preguntar quién era.

El hombre tomó lentamente la caja.

La abrió.

Dentro había un viejo reloj de bolsillo.

Cerró los ojos durante unos segundos.

Y comprendió que aquella niña no había aparecido por casualidad.

Había llegado para cumplir la última promesa de un amigo que nunca olvidó.

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