PARTE 1
El golpe resonó por toda la funeraria.
CRACK.
El ataúd blanco se partió.
Los invitados comenzaron a gritar.
Una empleada doméstica sostenía un hacha entre las manos.
Estaba llorando.
Temblando.
Pero no se detenía.
—¡Está loca!
—¡Deténganla!

El viudo avanzó furioso.
—¿Qué estás haciendo?
La mujer ignoró a todos.
Se arrodilló junto al ataúd.
Y apoyó la oreja sobre la madera.
Su rostro perdió todo el color.
—Escuchen…
El salón quedó en silencio.
Nadie oyó nada.
Durante unos segundos.
Luego…
TAP.

Un pequeño golpe.
Desde el interior.
Los invitados quedaron inmóviles.
El viudo comenzó a retroceder.
Otro golpe.
Más fuerte.
La empleada levantó lentamente la cabeza.
Y susurró:
—Ella sigue viva.
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PARTE 2
El pánico se apoderó de la sala.
Los empleados abrieron el ataúd por completo.
Dentro estaba la mujer.
Débil.
Asustada.
Pero viva.
Los médicos corrieron hacia ella.
Los invitados no podían creerlo.
Pero alguien estaba aún más aterrorizado.
El viudo.
Porque la mujer apenas abrió los ojos.
Y pronunció una frase.
Una sola frase.
—Él lo sabe.
Todo el mundo miró al esposo.
Su rostro estaba completamente blanco.
Horas después, la policía descubrió algo extraño.
Los documentos médicos habían sido alterados.
Y la persona que firmó la autorización del funeral…
Fue el propio marido.
La mujer sobrevivió.
Y aquella mañana que debía ser su despedida…
Terminó convirtiéndose en el comienzo de la verdad.
