PARTE 1
El cubo cayó al suelo.
¡PLASH!
El agua embarrada se extendió por el mármol blanco.
Todos giraron la cabeza.
Una niña de nueve años quedó empapada.
Su vestido sencillo estaba cubierto de manchas.
La empleada cruzó los brazos.
—Mírate. Ensucias todo lo que tocas.
Algunos invitados sonrieron.
La niña bajó la cabeza.

Intentó contener las lágrimas.
—Lo siento.
—Entonces limpia.
La mujer le lanzó un trapeador.
La niña se arrodilló.
Comenzó a limpiar en silencio.
Entonces algo cayó de su bolsillo.
CLINK.
Una pequeña llave antigua.
De bronce.
Muy antigua.
La empleada la recogió.

Y su expresión cambió.
—¿Dónde encontraste esto?
La niña intentó recuperarla.
—Devuélvamela.
—¿Quién te la dio?
La niña tragó saliva.
Luego respondió:
—La señora del ático.
Silencio.
La llave cayó de las manos de la empleada.
Porque el ático llevaba veinte años cerrado.
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PARTE 2
Los invitados dejaron de hablar.
La empleada estaba pálida.
—Eso es imposible.
La niña señaló hacia arriba.
—Ella me habló ayer.
Nadie respiró.
La mansión entera conocía la historia.
La última propietaria había desaparecido veinte años atrás.
Nunca encontraron respuestas.
La niña levantó la llave.
—Me dijo que la puerta seguía cerrada.
Entonces añadió:
—Y que ustedes escondieron algo allí.
La sala quedó inmóvil.
Porque todos sabían que el ático existía.
Pero nadie había logrado abrirlo.
