PARTE 2: EL MILLONARIO ACUSÓ AL CHICO POBRE DE TOCAR SU LAMBORGHINI… HASTA QUE EL CEO BAJÓ DEL COCHE NEGRO

PARTE 1

La puerta del Lamborghini rojo se cerró de golpe.

Toda la calle giró la cabeza.

Un joven con ropa gastada observaba el superdeportivo.

No estaba tocándolo.

Solo mirándolo.

Pero eso fue suficiente.

Una mujer rubia salió furiosa de la cafetería.

—¡Aléjate del coche!

El chico retrocedió.

—Solo estaba mirando.

—¿Mirando? —rió ella—. Ese coche vale más que todo lo que tienes.

Los amigos comenzaron a grabar.

Las risas aumentaron.

El joven bajó la mirada.

Intentó marcharse.

Entonces la mujer señaló una pequeña marca sobre el capó.

—¡Lo rayaste!

La multitud reaccionó.

—Llama a la policía.

—Que pague.

—Míralo, ni siquiera puede comprar una rueda.

El chico negó con la cabeza.

—Yo no hice eso.

La mujer sonrió.

—Claro que sí.

Entonces un Mercedes negro se detuvo frente al grupo.

Las puertas se abrieron.

Un hombre elegante bajó lentamente.

Traje negro.

Gafas oscuras.

Silencio absoluto.

La mujer sonrió.

—Perfecto. Él es el dueño del coche.

El hombre caminó directamente hacia el Lamborghini.

Miró la marca.

Después miró al chico.

Y preguntó:

—¿Dónde conseguiste ese reloj?

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PARTE 2

La mujer quedó confundida.

—¿Qué reloj?

El empresario no apartaba la mirada del joven.

El chico levantó la muñeca.

Un reloj viejo.

Desgastado.

El hombre perdió el color.

Porque había regalado ese reloj hacía diecisiete años.

A su hijo desaparecido.

La multitud quedó en silencio.

La mujer intentó intervenir.

—Señor, este chico rayó su coche.

Pero el empresario ya no escuchaba.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Ese reloj pertenecía a mi familia.

El chico tragó saliva.

—Mi madre me lo dejó antes de morir.

El hombre comenzó a temblar.

Porque por primera vez veía algo imposible.

El mismo reloj.

La misma cicatriz sobre la ceja.

Y los mismos ojos de la mujer que había perdido hacía casi dos décadas.

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