PARTE 1
El martillo golpeó la madera.
La plaza quedó en silencio.
Tres hermanas permanecían sobre una vieja plataforma.
La multitud observaba.
Algunos negociaban.
Otros simplemente miraban.
Los organizadores sonreían.
Todo parecía normal para ellos.
Entonces apareció un jinete desconocido.
Nadie lo había visto antes.
Su caballo avanzó lentamente entre la multitud.

El hombre observó la plataforma.
Luego observó a las tres jóvenes.
Su expresión cambió.
—¿Qué está ocurriendo aquí?
Nadie respondió.
Uno de los organizadores se rio.
—Negocios.
La multitud volvió a reír.
Pero el extraño no.
Se acercó a la plataforma.

Y dejó caer una bolsa de monedas sobre la madera.
El sonido resonó por toda la plaza.
Todos guardaron silencio.
Porque la bolsa contenía más dinero que toda la subasta.
El organizador sonrió.
—¿Las quieres?
El desconocido negó con la cabeza.
Y respondió:
—No.
Las voy a liberar.
La multitud quedó inmóvil.
Pero entonces uno de los organizadores palideció.
Porque acababa de reconocer el rostro del extraño.
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PARTE 2
La plaza permaneció en silencio.
El organizador retrocedió un paso.
—No puede ser…
El desconocido subió a la plataforma.
Las tres hermanas lo observaban.
Confundidas.
Entonces el hombre sacó una fotografía antigua.
Y la mostró.
Las jóvenes quedaron paralizadas.
Porque la mujer de la fotografía era su madre.
Luego el desconocido miró al organizador.
—Hace veinte años le prometí que volvería.
La multitud comenzó a murmurar.
Nadie entendía nada.
Entonces el hombre entregó la fotografía a las hermanas.
Y ellas descubrieron algo escrito detrás.
Una dirección.
Un nombre.
Y una frase.
«Si algún día encuentran esta foto… busquen a su hermano.»
El organizador sintió que las piernas le fallaban.
Porque él conocía ese nombre.
Y sabía exactamente dónde estaba.
