PARTE 1
—Fuera. Ahora mismo.
La voz del maître atravesó el restaurante.
Todas las miradas se dirigieron hacia la pequeña.
Tenía apenas siete años.
Su ropa estaba húmeda por la lluvia.
Sus zapatos estaban gastados.
Y apretaba algo con fuerza entre las manos.
Un viejo colgante de plata.
—Solo tengo hambre —susurró.
Algunas personas se rieron.

Una mujer cubierta de diamantes negó con la cabeza.
—Esto es ridículo.
El maître tomó suavemente el brazo de la niña.
—Vamos.
Entonces ocurrió algo extraño.
El anciano sentado en la mesa más exclusiva del restaurante dejó caer lentamente su copa.
Su mirada estaba fija en el colgante.
Completamente inmóvil.
Como si acabara de ver un fantasma.

El hombre se puso de pie.
Con las manos temblando.
Y preguntó:
—¿Dónde encontraste eso?
La niña tragó saliva.
—Mi mamá me dijo que se lo enseñara a un hombre llamado Alejandro si alguna vez tenía hambre.
El anciano quedó blanco.
Porque Alejandro era su nombre.
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PARTE 2
El restaurante entero quedó en silencio.
El anciano tomó el colgante.
Lo abrió lentamente.
Dentro había una fotografía.
Una fotografía que no veía desde hacía treinta años.
Él.
Y una joven mujer.
La madre de la niña.
Los ojos del anciano comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Pensé que había muerto…
La niña lo observó confundida.
El hombre cayó de rodillas frente a ella.
—Soy tu abuelo.
Los invitados quedaron paralizados.
El maître soltó inmediatamente el brazo de la niña.
La mujer de los diamantes bajó la mirada.
Y por primera vez aquella noche…
La niña se sentó en la mesa más importante del restaurante.
