PARTE 1
Todo estaba listo.
El sacerdote esperaba.
El novio sonreía.
Los invitados sostenían sus teléfonos.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Un reloj cayó al suelo.
El sonido metálico resonó por todo el salón.

La novia giró la cabeza inmediatamente.
Un camarero mayor acababa de recogerlo.
—Lo siento —dijo el hombre—. Es mío.
Pero la novia se quedó inmóvil.
Porque conocía ese reloj.
O al menos creía conocerlo.
Se acercó lentamente.
—¿Puedo verlo?
El hombre dudó.
Luego se lo entregó.
Dentro había una inscripción.
Una fecha.
Y un nombre.

El mismo nombre que aparecía en la única fotografía que conservaba de sus padres biológicos.
La novia levantó la vista.
—¿Quién le dio este reloj?
El camarero palideció.
Porque llevaba más de treinta años esperando escuchar esa pregunta.
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PARTE 2
El camarero observó fijamente a la novia.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.
—Mi hermano.
Respondió con voz quebrada.
La novia sintió que el mundo se detenía.
Su padre biológico desapareció cuando ella era muy pequeña.
Nunca supo qué ocurrió.
Nunca encontró respuestas.
Hasta ese momento.
El camarero abrió el reloj.
Dentro había una fotografía diminuta.
Una fotografía de dos hermanos.
Y una niña pequeña.
La novia.
Los invitados quedaron paralizados.
El novio no podía creer lo que veía.
El camarero sonrió entre lágrimas.
—Prometí encontrarte algún día.
La novia lo abrazó.
Y aquella boda que debía unir dos familias…
Terminó reuniendo una familia perdida durante décadas.
